Fatiga
Un ejercicio de escritura que comienza con la pregunta "¿Qué llevas en los bolsillos?"
Pastillas de vitamina D. Dos botes. Aquí el sol se come.
Un cable midi con terminación para móviles Iphone. Mi móvil del trabajo es un Iphone. Ese cable es para poder usar mi teléfono con un teclado y componer canciones, por ejemplo. Para hacer cosas increíbles que se me ocurren, cosas increíbles que tengo el potencial y el talento para hacer, cosas increíbles que nunca hago.
Otros cables, muchos cables. Cables que no entiendo, como en mi cabeza.
Chocolate en un papelito. Un chocolate sin terminar porque en realidad no estaba bueno, pero nos lo dieron en el trabajo y yo tenía hambre y lo abrí. Me comí un trozo, y cuando quise tirar el resto no encontré una papelera, por eso sigue ahí. Igual que con otros papelitos de otros chocolates, barritas de frutos secos saludables, chicles, caramelos. Nunca convergemos las papeleras y yo en tiempo y espacio. Y entonces acabo siendo yo el basurero.
Con una rodilla apoyada en el suelo repaso mentalmente el contenido de mi mochila sin necesidad de abrir un solo bolsillo. Conozco ese caos íntimamente, lo visualizo. La paradoja viene cuando me ves funcionar en el mundo, luchando constantemente contra mí misma por encontrar lo que verdaderamente busco. O lo que me piden.
El elemento definitivo que me hace desistir de abrir la mochila delante de la señora que me acaba de parar por la calle para pedirme un pañuelo es la caja de tampones que se me rompió ayer. Los tampones de Holanda sin aplicador ni nada rociados por la mochila mezclados con los cables y el chocolate y su papelito y los papelitos de otras cosas y los botes de pastillas de vitamina D. Me acuerdo de mi abuela, que en paz descanse, alguna vez llegando de la calle cuando había tenido alguna situación embarazosa diciendo mientras subía la escalera “qué fatiga, niña”. Pues eso: qué fatiga, niña.
El tiempo transcurre veloz y a cámara lenta al mismo tiempo. Noto rubor volcánico en mis mejillas aun haciendo muchísimo frío en la calle. La vergüenza me paraliza, pero el deseo de ayudar es más fuerte. Supongo que por eso aún no he salido corriendo.
La señora sigue mirándome desde arriba, paciente, con ternura. Tras una milésima de segundo o quince minutos, quién sabe, me saca del bloqueo:
– No tengo prisa, pero si no tienes, no pasa nada de verdad.
– Oiga, trabajo aquí mismo, en este edificio. Si quiere puedo darle papel higiénico del servicio. ¿Le sirve?
– Sí, perfecto. Muchas gracias.
Siento alivio. Mis deseos y las necesidades de la señora sí parecen converger.
La invito a pasar al edificio.
– Ay, gracias– me dice cuando le acerco un rollo de papel — pero con un poco basta.
Se quita las gafas sonriendo. Las limpia. Y sus ojos. Sus ojos son azules, enormes, su mirada noble y tierna, pero también algo triste.
Llora.
– Es que mi marido murió hace dos meses y aún, cuando camino por la calle, me pone triste no caminar a su lado y lloro. Simplemente lloro.
No miento: me sorprende muchísimo la sinceridad de esta ya no total desconocida. Me deja incluso algo aturdida. No es usual que alguien en este país, a la tercera frase que intercambia contigo, te cuente algo tan íntimo. Pero me gusta, siento suerte de estar en ese momento con ella y de no haber abierto mi mochila por vergüenza. Se me saltan las lágrimas.
– ¿Quiere usted un té antes de irse?
– No no, gracias. Voy a coger el metro que mi hija me está esperando. Oye, ¿y aquí qué haces?
– Doy clases de piano.
– Ah, ¡Qué bonito! ¿Te va bien?
– Sí, muy bien la verdad.
– Pues me alegro. Pareces buena.
“Pareces buena”.
Me da las gracias, me desea un buen fin de semana y se va.
Me sigue resonando el “pareces buena”.
Me meto en el aula, cierro la puerta, me preparo un té.
Le escribo un whatsapp a mi mujer: “cariño, te quiero mucho”. Y muchos corazones.
Me miro al espejo. ¿Parezco buena? Frente a él abro el bolsillo de Pandora, situado en la parte inferior de la mochila.
Los tampones, los botes de vitamina D, los cables, el chocolate… todo el elenco, protagonizando el caos que tanto me esfuerzo en esconder.
Me empiezo a reír suavemente porque la lista mental no estaba completa. Pañuelos. Tenía pañuelos.
Pienso en la señora y en mi cabeza le digo: “mire, yo a lo mejor parezco buena, pero la vida… la vida es buenísima. Ojalá la disfrutemos las dos.”

