Lingotazo
Una historia casi verdad casi mentira sobre cómo me dieron el título de pianista
Nunca pensé que tendría la necesidad de contar esta historia. O los ovarios.
Sucedió hace casi 10 años.
Yo tenía 22, y estaba a punto de terminar mi carrera de piano en Zaragoza. Allí tienen un Conservatorio Superior muy prestigioso, de los cuatro mejores de España, pero mi motivación inicial para irme tan lejos de Málaga no fue el prestigio, sino la distancia. Yo quería irme lo más lejos posible de mi casa.
Fueron cuatro años intensos que recuerdo con nostalgia. Parecía que nunca acabarían, pero como todo, lo hicieron, y como casi siempre, el final me pilló chutando para gol a mi propio bando. Distraída.
Para conseguir un papelito que dijese que soy pianista, debía pasar un examen final. El examen final consistía en tocar un recital de piano solo de una hora de duración. No suena a tanto, ¿no? si eres pianista, te debería gustar tocar y hacerlo para otra gente. Pues a mí no. A mí no me gustaba tocar para otra gente. Sufría, me cagaba de miedo en cada concierto en público.
Los conciertos y exámenes de aquellos cuatro años, no obstante, los fui salvando con decencia la mayoría de las veces. Mi profesor de hecho me decía “te creces en público, ¿Eh?” pero yo todo lo que sentía es que quería morirme. Quizás tendría que haber sido actriz.
Lo que me ha hecho sentarme a escribir y dar estas explicaciones es lo que pasó en aquel examen final.
Mi padre, mi hermana y mi madre vinieron a verme desde Málaga con el coche. Si no recuerdo mal, llegaron un sábado por la tarde, día y medio antes del fatídico evento. A lo mejor debería callarme y no adelantar lo de fatídico, pero es que lo fue, qué le hago.
Mi madre vino a apoyarme, sí, pero más concretamente a “traerse a SU niña y SUS cosas para abajo, que ya se ha paseado bastante”. Ella, visionaria imbatible a la que (casi) nadie se atrevía a toserle, tenía clarísimo que lo que yo tenía que hacer era sacarme unas oposiciones y conseguir una plaza fija en un conservatorio para tener “la vida resuelta”.
Aún la recuerdo con nitidez cristalina entrando por la puerta de mi piso de estudiantes con una bolsa de plástico muy grande de cuadros blancos, negros y rojos que suelen vender en los bazares de cosas baratas y diciendo “venga, ¿qué me voy llevando?”. Creo que ni un beso me dio.
Yo todavía no había preparado absolutamente nada porque en esos días sólo quería estar concentrada en ese recital, en ese repertorio ya manido para mis manos y oídos y que había tocado ochenta mil veces. Pero la vez que contaría, “la buena” sería dentro de unas pocas horas.
– No te irás a poner nerviosa, ¿no? Que nos conocemos – me espetó mi madre en cuanto pudo, de la nada, mientras revoloteaba por mi habitación hurgando entre mis cosas y llenando la bolsa.
– Yo hace tiempo que no me pongo nerviosa. Sobre todo desde que vivo aquí — le dije mientras miraba al suelo, sentada en el borde de mi cama.
– Pues yo te he traído esto – y sacó una cajita. La cajita. — En las instrucciones pone que sólo 4 gotas al día, pero tú sabes, es natural…si el lunes por la mañana amaneces nerviosa, ¡lingotazo! y ya verás qué bien.
Lo cierto es que veía venir este momento, e incluso recuerdo pensar que estaba tardando en suceder. Esas cajitas con unas gotas relajantes han sido, desde que yo empecé a padecer pánico en el escenario, la aportación milagrosa de mi madre. Me decía “¡si todo el mundo toma cosas!”o “¡Ni que fuera un Lexatin!”. Que o eso, o dejar la música; que ella no soportaba verme pasándolo tan mal, que eso qué vida era.
Mi madre jamás ha tocado un instrumento, o ha hecho un examen, o ha hablado en público. Ha sido siempre una gran trabajadora de su casa, por supuesto, pero su relación con el sistema nervioso y sus señales ante situaciones “excitantes” es la de un bombero cuando algo arde. Apagar, apagar, apagar. Y yo, aunque desde bien joven supiera que ponerse nerviosa no siempre es malo, acababa sucumbiendo al lingotazo, “no vaya a ser…”. Y aquella vez, aun habiendo sido capaz de tocar cuatro años“sin drogarme”,mucho más. Porque aquella vez tenía que ser “la buena”.
La mañana del recital me temblaba todo el cuerpo. Creo que nunca, ni antes ni después de ese día, he sentido esa clase de nervios.
Aún desde la cama miré durante un rato hacia el armario, donde mi madre había colgado el vestido para la ocasión ya planchado. Un vestido precioso, de tela vaporosa negra, con tachuelas por la zona del pecho, elegantísimo. Un vestido en el que me sentía totalmente disfrazada.
Me duché, preparé mis cosas, abrí la cajita y ¡Lingotazo!
Con el vestido colgando del brazo, anduve 10 minutos entre mi piso y el conservatorio. Era una mañana de final de Mayo, soleada, radiante. Ya creía notar el efecto de las gotas relajantes, pero fue entrar por la puerta metálica del conservatorio al hall principal y un escalofrío me recorrió. Recuerdo pensar “esto no ha funcionado, a lo mejor son cuatro lingotazos y no cuatro gotas”. La ansiedad es una serpiente que siempre encuentra por dónde colarse. Por suerte, bueno, por desgracia, había echado la cajita.
El primer pianista ya había comenzado su examen. Le cambié la hora.
Él me lo pidió “porque se ponía nervioso”. Hoy día aún me pregunto si haber tocado antes me hubiese ahorrado lingotazos.
Yo esperaba en el camerino. Puestos cuidadosamente sobre una mesa el maquillaje, las partituras, una botella de agua y la cajita . La maldita cajita. Entró mi profesor y me dijo. “Cinco minutos y sales. ¡Lo vas a hacer genial!”
De pie tras la puerta antes de salir me decía a mí misma “no, no, no lo hagas”. Pero lo hice. ¡Lingotazo!
Tocaba cuatro piezas. Muchos pianistas salen del escenario entre pieza y pieza para beber agua, respirar, secarse el sudor de las manos… Haced la cuenta de cuánto más de eso tomé.
No soy capaz de describir cómo me sentí mientras tocaba o cómo sonaron las piezas. Todo eso se ha borrado de mi mente. Hay un vídeo que aún no me he atrevido a ver entero. Sólo he visto el final. Se oyen aplausos, “bravos” incluso. El público era todo gente muy querida. Mi padre gritaba “¡guapa!”. La chica que yo veo en ese vídeo es una suerte de fantasma. Se percibe tristeza en mis ojos, me muevo con lentitud y letargo, estoy ida. Ida.
Recuerdo la sensación de mareo que casi me lleva al desmayo cuando salí al hall y vi a todo el mundo esperándome con caras estupefactas y muy preocupadas. Mi madre lloraba. Ella y mi padre hablaban acaloradamente en una esquina. Mi profesor me dijo directamente “¿qué te has tomado?”
Y yo lloraba, yo también lloraba. Recuerdo que decía “no” con la cabeza. Estaba convencida de que no me iban a dar el papelito de pianista ese día. Una compañera, una mujer mucho más mayor que el resto del grupo que se había metido a cursar el grado superior después de haber dejado el piano hacía décadas, me dio un abrazo largo y al separarse de mí, me agarró de los hombros y me dijo “Empieza a creerte lo que vales”.
Los miembros del jurado también me dieron un abrazo y la enhorabuena. Había aprobado. Por los pelos, pero había aprobado. Mi madre se acercó y dijo “¡Perfecto! esta tarde desmontamos el piano de tu piso y lo metemos en el coche. ¡Y pa la casa!”. Para ella, aquella vez sí había sido “la buena”.
Años después, he conseguido reírme del fatídico evento al contárselo a amigos, o incluso hablando con mi profesor, que hoy en día es también un buen amigo.
Una de esas veces me preguntó : “¿Pero por qué le hiciste caso?”
A lo que yo contesté “Porque es una madre, y es la mía”.
Me pregunto si le dije toda la verdad.


